2011-11-28 19:41:07http://www.jesuscaritas.it/wordpress/es/?p=346

«Vigilen entonces, porque no conocen ni el día ni la hora». La conducta normal del cristiano debe ser precisamente la de las diez vírgenes del Evangelio; mujeres que esperan al esposo, como en otras partes Jesús nos recuerda el otro ejemplo del siervo que espera el regreso del patrón, me parece entonces que la más grande oración, la auténtica oración cristiana, sea la oración de la esperanza, la oración de los primeros cristianos, que eran en constante espera del regreso del Señor y la proclamaban frecuentemente: «¡Maranatha! ¡Ven Señor Jesús, te espero!».


Un filosofo danés, que leí en estos días, ha escrito que el punto de partida del cristianismo es siempre un momento de desesperación: el punto de partida de la conversión hacia el Cristo es una bifurcación: o se va hacia el cristianismo o se va hacia el suicidio
Y es así: Dios vino para salvar lo que se había perdido, pero hasta que yo no me sienta perdido, Dios no me salvará. Él ha venido por los pecadores, pero Jesús no me podrá sanar hasta que yo no me sienta pecador: y es peligroso, peligrosísimo encontrarse al límite del pecado, encontrarse al límite de la desesperación… pero cuando me siento cansado y oprimido, Jesús me responde: «Vengan a mi los desesperados porque yo traigo la esperanza». Toda la Biblia, todo el Antiguo Testamento, toda la historia de los hebreos, es la historia de un Dios que salva la gente desesperada; se trata de volver a tomar en nuestras manos los medios para poder seguir caminando, para esperar, para poder recomenzar desde el inicio.

La fe cristiana no significa falta de pruebas, no es la eliminación de una experiencia que me compromete, de una experiencia difícil que arriesga el peligro del pecado. El cristianismo no es exclusión del peligro, tampoco del pecado, sino que es dar a la situación, a la prueba, el lugar que le corresponde: y la experiencia y la prueba, como todo lo que es humano, serán un día para la glorificación del Padre.

Todo esto puede dejarnos desconcertados, pero me parece que en el Evangelio no exista la tutela, la ejecución de un nuevo mecanismo para protegernos. El riesgo continuo es el punto de encuentro entre Dios y el hombre. Ciertamente, si Dios no lo hubiese metido a la prueba, Adán no hubiera pecado; si Dios no lo hubiese metido a la prueba, Jonás no habría hecho lo que hizo, no hubiera escapado de Dios: y, sin embargo, Dios lo ha aceptado.
En el libro del Eclesiastés la desesperación es permitida: la desesperación está presente en el mundo, porque está establecida sobre el pecado. Pero la última, la más grande desesperación, es nuestro pecado, que está continuamente presente en nuestra vida.
Debemos tener el valor de admitir el pecado: muy a menudo no lo aceptamos, porque no entendemos la esperanza que Dios es capaz de llevar nuestra culpa. Decimos: «He sido absuelto varias veces, he tenido el valor de recomenzar las mismas veces», somos siempre iguales, quizás peores: nos sentimos desesperados de frente a la misericordia de Dios. En el fondo de nuestra vida admitimos que nuestro pecado no pueda ser perdonado, que Dios no pueda guiarnos, que nos hemos aprovechado demasiado. Nosotros creemos aún en el amor de Dios y pensamos que sea posible aún el perdón, pero para los demás, no para nosotros. Y esta concepción lleva al verdadero pecado contra el amor, contra el Espíritu Santo. «Dios se ha alejado de mi y yo ya no estoy unido a mi Señor: puedo sentirme incluso libre». Yo creo que este sea el pecado más grande, porque es contra el amor y si uno incluso cree, pero no ama, está en pecado grave.
También los demonios creen y quizás más que nosotros, pero son demonios porque no aman. Quien no acepta el amor, quien no acepta la esperanza, rechaza la vida, entonces es un suicida. No me importa el pecado. La fe es una cosa grande, pero es nada sin el amor y nada sin la esperanza, sobre todo sin la esperanza del amor.
«He ahí el esposo, sálganle al encuentro ¡ven, Señor Jesús!»

Gian Carlo346open