2012-09-18 06:16:00http://www.jesuscaritas.it/wordpress/es/?p=574

Uno de los obstáculos con los que chocó Jesús fue seguramente el juicio. El juicio de la gente hacia él, el juicio de cuantos se creen justos y piensan en poder condenar a los demás y, no por último, el prejuicio hacia las categorías de personas que pertenecen a clases sociales particulares o que eran clasificadas entre términos de referencia desacreditada.

Jesús, tal vez no lo decimos suficientemente, pertenecía a una de esas categorías de personas: aquellas que vienen de Nazaret. Natanael (que la tradición identifica con Bartolomé), expresa tranquilamente ese prejuicio: «¿De Nazaret puede salir cosa buena?» (Jn 1,46). Es la reacción a la noticias que le lleva uno de sus amigos, Felipe, que le dice haber encontrado «Aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1,45).

El juicio continua y se refuerza en la opinión de los judíos que, después de haber escuchado su predicación durante la fiesta de los Tabernáculos en el Templo, se preguntan: «¿Cómo entiende las Escrituras sin haber estudiado?» (Jn 7,15). La gente de la categoría cultural y social de Jesús es gente no considerada cultural y religiosamente fiable, pueblo ignorante, que no conoce la Ley. Las mismas palabras son expresadas bajo forma de maldición de parte de los letradros y jefes del pueblo hacia aquel que se interrogaba seriamente acerca de de Jesús y de su misión: «esa gente que no conoce la Ley son unos malditos» (Jn 7,49). A empeorar aun más la sentencia existe la afirmación bíblicamente documentada que de Galilea no sale ningún profeta y por eso Jesús de Nazaret no merece ser seguido ni escuchado. Nicodemo intenta defender a Jesús y a la misma ley diciendo que no se condena a nadie sin haberlo antes interrogado, pero la respuesta que recibe suena como una condena: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta» (Jn 7,52).

Estas breves lineas, en fin, nos dicen la opinión pública a cerca del origen de Jesús, de sus raices y de su Nazaret en general. El mismo hecho de provenir desde tal lugar inspiraba a la sensibilidad de la mayor parte la pertenencia de Jesús exactamente a aquella parte del pueblo que es la gente normal, común, que no ha realizado estudios de teología, además originaria de un pueblecito despreciado y sin historia, del que no salía nada bueno. No tiene ningún derecho de hablar en nombre de Dios éste Jesús de Nazaret, exactamente por este prejuicio: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,54-56). Con otros términos también el evangelista Lucas transmite el mismo parecer después de la predicación en la sinagoga de Nazaret, tanto que «levantándose, le hecharon fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para arrojarle» (Lc 4,29).

Lo que más escandaliza es seguramente que este hombre que ha alcanzado una fama especial, que habla como nadie antes había hablado, que realiza signos evidentes, haya tenido una historia normal, como la de todos, que todos conocían. Un hombre que había vivido en modo ordinario durante la mayor parte de su vida. No se puede atribuir esto a un mesías, a uno que pueda cambiar la suerte del pueblo y ofrecer la salvación a cuantos le siguen. El Mesías no se sabe de dónde vendrá… Si éste ha vivido como todos, con una familia normal, que todos conocen, con una historia hecha de penas y alegrías, como la de todos, ¡él no puede ser el Salvador! En fin, por el mismo hecho de sus raíces, se encaminará hacia la condena definitiva de muerte en cruz.

Es la tentación del desprecio de la vida normal, ordinaria. Una tentación que atravesa los siglos y se difunde entre los creyentes hasta llegar a la actualidad. Es la tentación del juicio hacia aquel que aparentemente no parece poder realizar grandes signos o milagros; quien no tiene grandes cargos en la vida eclesial o social, pero cumple con sus obligaciones de esposo, esposa, padre de familia, o de laico trabajador sumergido en la vida cotidiana del mundo; del religioso, religiosa o sacerdote, que no mira a realizar una carrera brillante, sino simplemente desea compartir la vida junto a los demás, como todos los demás. Es la tentación de cuantos pasan aquí en la fraternidad de Nazaret, en la casa del hermano Carlos de Jesús, y nos preguntan: «Per vosotros aquí, qué hacéis?». Y cuando respondemos que en primer lugar nuestro empeño es vivir y ser lo que estamos llamados a ser, se nota la confusión y una cierta desilusión en la mirada de alguien.

Para comprender y acoger el Evangelio es necesario reaccionar a esta tentación, re-descubriendo el gusto de vivir nuestra vida cotidiana, el único lugar en el que se puede ser creyentes sí o no, en el cual poder experimentar la salvación y resurrección. El único lugar en el que podemos ser alcanzados por la buena noticia del Evangelio. No existen otros.

Marco Cosini

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