2013-04-24 08:33:22http://www.jesuscaritas.it/wordpress/es/?p=693

En el corazón de las ciudades

He escogido este título no para dar a entender que en solo tres semanas ya puedo hablar, pensar y soñar en francés, al contrario, en este período creo que he revivido la experiencia de mis primeros días en Italia hace ya casi veinte años… Pero, si es cierto que el hecho de no conocer el idioma impida o reduzca las posibilidades de comunicar con las personas, es igualmente cierto que estar obligado a ser “mudo” temporaneamente debido a las circunstancias, desarrolle la capacidad de la vista y del oído. ¡Ahora entiendo un poco mejor porqué los ancianos empezando a perder la vista normalmente digan que se concentren más sobre las cosas celestiales! Pero volvamos al tema. En esta ocasión deseo compartir algo más de lo que estoy viendo y escuchando.


Yo creo que todos los que en maneras diferentes estamos apegados al Padre de Foucuald y a la Fraternidad, la frase «Au cœur des villes» (En el corazón de las ciudades) nos recuerde en primer lugar el título del libro «En el corazón de las masas» del padre René Voillaume, y luego «El desierto en la ciudad» del hermano Carlo Carretto. Bueno, pues en estos días estoy viviendo un periodo de gracia y particularmente interesante. Soy huésped de los «Monjes de la ciudad» (Fraternité Monastique de Jérusalem), una congregación monástica, masculina y femenina, fundada por el padre Pierre-Marie Delfieux –que falleció recientemente– y que tiene como vocación peculiar y misión el vivir la vida monástica ya no en lugares alejados de la gente, sino «en el corazón de las capitales modernas» (París, Roma, Montreal, Bruselas y otras) viviendo el desafío y la lucha para vivir la unión con Dios en medio al rumor y al ritmo que caracteriza a las grandes ciudades. Esta vocación está muy bien presentada de parte del fundador en su obra «Livre de vie» (Libro de vida). La ciudad moderna presenta un doble misterio de bien y de mal, de santidad y de pecado, pero esa –sobre todo– ha sido santificada por el mismo Dios, porque Él se hizo hombre en Nazareth, y ha vivido en carne propia los sufrimientos y las esperanzas de todos los hombres; por eso los miembros de la Fraternidad de Jerusalén deben ser en primer lugar ciudadanos para luego poder «contemplar la belleza y la santidad de la ciudad donde Dios habita y en donde ahora él mismo te ha establecido, allí alzarás tus brazos para la oración y la intercesión». Uno de los pasos centrales y más creativos del padre Pierre-Marie es acerca del combate contra las fuerzas del mal que cada monje deberá enfrentar, pero en esa lucha espiritual, cada uno recibirá una doble gracia: el encuentro con Dios y la purificación de sus propios pecados: «Aquello que los primeros monjes iban a buscar ayer en el desierto, tú lo encontrarás hoy en el corazón de la ciudad».

Después de esta brevísima presentación de la vocación pasemos ahora a la vida cotidiana: la jornada de estos hermanos y hermanas se compone de diferentes momentos fuertes de oración, trabajo, estudio y condivisión; pero a la oración personal y comunitaria está dedicada una buena parte del tiempo, el canto y las celebraciones (eucaristía, adoración) reciben una atención muy especial. Fundada después de la celebración del Concilio Vaticano II, esta familia religiosa vive en total comunión con la diócesis compartiendo y adaptándose a las diferentes exigencias y sensibilidades locales. Me ha impresionado positivamente desde el primer momento el gran silencio que logran crear durante todo el día, y mucho más durante la noche. Un silencio que viene desde el desierto del Sahara (Argelia) en donde Pierre-Marie Delfieux vivió dos años (siguendo los pasos del Padre de Foucauld) antes de iniciar la Fraternidad monástica.

Hay varias cosa que me han hecho sentir como “parte de la familia” en este lugar bendecido por la presencia de estos “hombres de Dios” (¡lo que se ve en las películas es solo una imitación!), pero sobre todo es un lugar bendecido –según nuestra perspectiva– porque Estrasburgo es la ciudad de Carlos de Foucauld, él que vivió siete años en un monasterio y aun después de haberse salido, siguiendo su vocación particular, interiormente fue siempre un monje. De tal modo él nos ha enseñado una forma para vivir nuestra fe hoy, en nuestro “Nazareth” y en el corazón de nuestras ciudades.

Oswaldo Curuchich

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